Viernes de Filosofía · #001
¿Por qué haces lo que haces?
Sobre el sentido de la vida, la ambición y aquello que perseguimos.

Esta semana llegué a casa aturdido después de un día particularmente pesado. Mental y físicamente.
La vida se sentía como una derrota. Cabizbajo, con la mirada perdida y la espalda tensa.
Todos hemos tenido un día así. La percepción se nubla, todo parece un poco más oscuro y la cabeza no deja de dar vueltas.
Quería ir directo a la habitación, escapar, cambiarme de ropa, ponerme algo cómodo. Quizás la textura suave de una sudadera me daría algo de alivio, me haría sentir que el día finalmente había terminado.
La casa estaba sola. Solo se escuchaba la brisa entrando por la rendija de una ventana que había quedado abierta. Eran más o menos las tres de la tarde. Afuera hacía sol y yo imaginaba que todo estaba bien, que las personas seguían con sus vidas como cualquier otro día. Pero adentro, en mi mundo, todo estaba mal.
Caminando muy lento y sin ganas por el pasillo, al pasar por la oficina, vi una hoja en el suelo, como si alguien la hubiese dejado ahí.
Lo primero que pensé fue que se trataba de una nota de mi novia.
Pero no.
Era el siguiente poema escrito a mano:
Señor, ¿qué sentido tiene?
Si mañana muero, ¿qué sentido tuvo todo?
Cada paso, cada sacrificio.
¿Cómo puede una idea ser más grande que la vida misma?
Y si estoy dispuesto a matar por esta causa…
¿Cómo sé que es una causa verdadera?
Todos creemos tener la respuesta…
Todos creemos saber lo que es justo y verdadero…
Alguien debe estar equivocado…
Entonces, Señor,
¿cómo reconoce un hombre la verdad cuando toda su vida ha creído estar en lo correcto?
Estaba escrito con mi letra. Lo había olvidado, pero lo reconocí al instante.
Había escrito ese pequeño texto unos ocho meses atrás para un proyecto creativo. Intentaba meterme en la cabeza de un soldado de 18 años que imaginé peleando en la batalla de Ayacucho, en 1824, durante las guerras de independencia de Sudamérica.
Era una oración que aquel joven, que aún no conocía mucho de la vida, le hacía a Dios la noche anterior a una batalla en la que podría morir, y en la que todo podría acabar para él.
Curiosamente, el poema estaba escrito en el reverso de una hoja que había utilizado para hacer un boceto. La había dejado entre un montón de papeles al lado de mi teclado.
El viento había movido precisamente esa hoja, haciéndola caer al suelo con el poema hacia arriba, como si alguien hubiera dejado una nota para mí.
Puede haber sido una simple coincidencia física.
Pero sucedió.
Tomé la hoja en mis manos y me costó procesarlo. Las palabras ahora tenían otro significado. Sentí un nudo en la garganta. Estaba enfrentándome a esa pregunta: ¿qué sentido tiene?
Y esta vez fue diferente. Ya no era yo escribiendo para un proyecto creativo cuando todo estaba aparentemente bien. Era yo en medio de una situación de agotamiento, cansancio y decepción.
La pregunta se posicionó con claridad frente a mí, en la soledad y el vacío de mi oficina. Ya no podía ignorarla.
¿Qué sentido tiene todo esto?
Retumbaba dentro de mí, tan grande como el universo. Con fuerza.
Esta pregunta ha ocupado la mente de filósofos durante siglos y, en algún momento, muchos de nosotros nos la hemos hecho de distintas maneras.
¿Por qué hacemos lo que hacemos?
¿Por qué dedicamos años de nuestra vida a perseguir determinadas cosas?
¿Por qué sacrificamos nuestro tiempo, nuestra tranquilidad y, en ocasiones, nuestras relaciones por alcanzar una meta?
¿Por qué nos levantamos cada mañana? ¿Y por qué a veces no lo hacemos y preferimos dormir hasta tarde?
He notado que, cuando intento profundizar en estas preguntas durante una conversación, algunas personas prefieren cambiar de tema.
Y puedo entenderlo.
No son preguntas cómodas. No tienen respuestas sencillas y, a veces, es más fácil seguir con nuestras ocupaciones que detenernos a examinarlas.
Pero hay algo que me parece importante.
Que no nos preguntemos conscientemente por el sentido de nuestra vida no significa que vivamos sin algo que nos motive y oriente nuestras decisiones.
Todos perseguimos algo.
Reconocimiento, seguridad, amor, dinero, conocimiento, libertad, poder, felicidad, placer.
A veces varias cosas al mismo tiempo. A veces unas cosas, a veces otras, sin detenernos a pensar cuál de ellas ocupa el lugar más importante. Cuál es aquella que ordena todas las demás. Cuál es esa fuerza que empuja nuestra razón a avanzar en una dirección.
Y aquí es donde esta pregunta empieza a tener una relación muy estrecha con el mundo en el que vivimos.
Construimos empresas. Desarrollamos carreras profesionales. Competimos por posiciones, acumulamos experiencia, buscamos ascensos, creamos productos, perseguimos resultados, establecemos relaciones y nos rodeamos de otros seres humanos.
Y no hay nada necesariamente malo en ello.
Una empresa puede generar riqueza, resolver problemas y mejorar la vida de miles de personas. Un buen trabajo puede proporcionarnos estabilidad, satisfacción y la posibilidad de cuidar de quienes amamos.
La ambición puede ser una fuerza extraordinaria.
Pero ¿qué sucede cuando aquello que perseguimos deja de ser una parte de nuestra vida y se convierte en la razón que parece justificarla por completo?
¿Qué sucede cuando nuestro valor como personas depende del cargo que ocupamos, del dinero que ganamos o del reconocimiento que recibimos?
¿Y qué pasa si mañana perdemos todo eso?
Y entonces vuelvo a aquella pregunta del poema:
¿Cómo reconoce un hombre la verdad cuando toda su vida ha creído estar en lo correcto?
Tal vez ese sea uno de los grandes peligros de la ambición: no necesariamente querer demasiado, sino depositar todo el peso de nuestra existencia sobre algo que puede desaparecer.
Podemos pasar años escalando una montaña, sacrificando descanso, amistades, familia y salud por una posición, un cargo, una relación, un matrimonio, un proyecto o un número, para descubrir en la cima que aquello que buscábamos no podía ofrecernos lo que esperábamos encontrar.
No estoy diciendo que debamos abandonar nuestras metas, renunciar al éxito o dejar de perseguir grandes ideas.
Todo lo contrario.
Creo que vale la pena construir, crear, emprender y esforzarse por hacer cosas extraordinarias.
Pero también creo que vale la pena preguntarnos por qué.
Sócrates defendía la importancia de examinar nuestra propia vida. Aristóteles reflexionó profundamente sobre qué significa vivir bien. Siglos después, otros pensadores seguirían abordando estas cuestiones desde perspectivas muy diferentes.
Y aunque sus respuestas no siempre coinciden, sus preguntas siguen siendo relevantes.
Yo no poseo la respuesta definitiva. No soy un maestro que viene a explicarles a los demás cómo deben vivir.
Estoy intentando entenderlo también. Estoy navegando, caminando, cayéndome, tropezando, preguntando.
Aquella hoja en el suelo me recordó algo que considero importante:
Podemos dedicar toda nuestra vida a conseguir lo que queremos sin haber examinado suficientemente por qué lo queremos.
Y quizás, antes de preguntarnos cómo alcanzar la próxima meta, deberíamos hacernos una pregunta más fundamental:
¿Es aquello que estoy persiguiendo lo que le da sentido a mi vida?
¿Podría vivir en paz si me fuera arrebatado?
Esta es la primera entrada de Viernes de Filosofía, un espacio para explorar preguntas sobre la vida, el pensamiento, la creatividad, las empresas y las motivaciones humanas que hay detrás de todo lo que construimos.
No estoy aquí para ofrecer respuestas definitivas. Solo para iniciar una conversación.